El incendio y las vísperas by Beatriz Guido

El incendio y las vísperas by Beatriz Guido

autor:Beatriz Guido [Guido, Beatriz]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9789500768481
editor: Penguin Random House Grupo Editorial Argentina
publicado: 2022-12-21T00:00:00+00:00


4

Ahogar los gritos en la almohada le resultaba convencional y su dolor era lo suficientemente lúcido como para darse cuenta de que nadie podía escucharla en su nuevo cuarto. Nada le pertenecía.

Huéspedes obligados, exiliados oficiales, llegaron con las cosas imprescindibles, con lo elemental, lo necesario. En cada pasillo, en cada cajón que se abre, detrás de cada puerta, entre las páginas de un libro abierto al azar, aparece el rostro de «ellos», sus pisadas, la impresión digital de sus dedos manchados: palabras como «justicialismo», expresiones como «Eva dignifica». «Eva, Eva; la historia con nombre de hembra, la historia con polleras, senos y vagina. Una historia con polleras», volvió a pensar.

La Embajada de la Avenida Agraciada se abría hoy para esa historia. Desprenderse de ella era imposible, y la entrega, un compromiso definitivo. El asalto, o la invasión de ese mundo, lo padecía Inés esa noche, en ese cuarto Luis XVI. Su cama emite ese sonido propio de los elásticos sin el peso de los cuerpos durante mucho tiempo, pero sí ablandados por ellos, delatando sus posiciones con chillidos que son más bien una queja.

Inés se da vuelta una vez más, boca arriba, «como las figuras de las barajas» espera, espera que las caricias aparezcan, se reproduzcan: las aguarda; las ha esperado desde el día, hace apenas quince, en que subió al desván, y Pablo había desaparecido sin dejar siquiera el hueco del cuerpo en su cama. Después José Luis dio informe de lo sucedido, de su nuevo escondite. «Te buscó al salir, pero al llegar a Punta Chica, a lo de Salmún, cuando le dijo: “Nos obligan, tenemos que hacerlo; los hijos de puta”, bajó del coche sin decir palabra. Creo que lloraba. Después de todo, la clase media puede permitirse todavía esas explosiones histéricas.»

Las caricias ahora avanzan por los lugares más insospechados. El temor de una sensación solitaria, dolorosa y desconocida, la hace olvidar el llanto.

Existía una boca que se transformó en todas las bocas conocidas, y recorrió los muslos, las manos, la nuca, los ojos. Borró todas las caricias y todos los besos, como si nunca hubiera sido poseída. Quizá lo era por primera y única vez. Al borrar todo rastro y presencia anterior, la soledad que la envuelve es más absoluta, más definitiva. No se resigna a entregarse a su propia mano, única reemplazante, único imitador de otros gestos. No se resigna a reemplazar otras manos por las suyas, ni por otras manos, ni por otras formas de bocas; recorrer el cuerpo con su mano, le parecía tan vergonzante como el pacto que todos acababan de sellar con Perón: su padre, su hermano y su madre, ellos.

La puerta se abre y da paso a Antola con una bandeja en la mano.

—La leche te hará bien. Tu padre tomó dos vasos, y a tu madre le llevé café. Le conviene estar desvelada toda la noche, así piensa, recapacita.

—Pensar, ¿qué?

Se sienta en el borde de la cama; recoge sus cabellos amarillentos:

—... cómo deberá recibir a los peronistas, a la mujer del delegado obrero, por ejemplo.



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